martes, 30 de abril de 2013

DANCING ON THE EDGE

Se pasea por aquí
por la esquina de polvo,
esa parte donde no alcanza 
el borde grueso de la escoba
ni el tubo de la aspiradora
ni el plumón de colores. 

No es indiferente al llamado, 
la tilde le delata.
No es indiferente al grito, 
los oídos le sangran con letras, 
con canciones, con rezos.

Se pasea por aquí, 
de vez en cuando se pasea
con su orgullo contorneado, 
con su rectitud oxidada, 
ensimismado en su escala blanco y negro.

Caduca el sentimiento del final pacífico.
Caduca la intención.
Caduca el borrador que permitirá la cuenta nueva. 
Caducan los segundos de eterna espera. 

Ana Gabriela Alvarado 

PENSANDO A SOLAS CONMIGO, HABLANDO RODEADA DE TI

En este momento me encuentro sola con mi mente inquieta, mi mente traviesa que no me deja ver las cosas con claridad.
La mayoría de las veces mi mente ha sido muy sabia. Puedo decir que me siento afortunada de tenerla porque me protege, me ha protegido todo este tiempo; tiene una capacidad de oler y saborear las cosas con una precisión envidiable. Pueden haber mil sabores dentro de una situación y élla siempre las identifica.
No sé cuántas escenas más tendrán que ensayarse en mi vida para que mi mente se jubile y viva a plenitud, sin tener que repatir su pensión.
Anoche mi mente tuvo un ataque de pánico. Yo salí rápido a socorrerla, a ayudarla, a tranquilizarla y hacerle ver que todo estaba bien porque así lo habíamos decidido tiempo atrás. Sin embargo hay algo que me quiere decir y no encuentro la forma de callarla. Yo finjo prestarle atención para que no sienta que no me importa pero, y lo digo con toda honestidad, me tiene hasta los cojones.
Ella no es mala, sólo pretende alejarme del sufrimiento porque ya está cansada de verme llorar, pero yo le digo que esas son cosas que ya han pasado y que nada de aquéllo volverá.- ¡Ja, no me cree!-.
¿Algunos de ustedes han estado en una situación similar?
¿Cómo han hecho para tratar de calmarla? No sé si ustedes tengan una mente tan sabia y necia a la vez como la mía, pero de seguro que no es algo muy fácil de manejar.
Yo he optado, desde hace tiempo, darle abanicadas de oxígeno con un poco de color. Le he enseñado a liberarse y no trabajar tanto para no perpetuar el dolor, no es necesario, no es lo que preferimos.
Mi mente me insiste en que la escuche. Me suplica que no abandone la atención y yo finjo aceptar no hacerlo.
Si el día de mañana descubro que mi mente tenía razón, seguramente de mí quedarán pedazos y otra vez élla me ayudará a recogerme, armarme y animarme a volver a empezar pero esta vez sin ninguna garantía de lograrlo.